welthassle
Mikel R. Nieto

Fotografía de Sebastian Meyer. Ras Lanuf (Libia), 11 de marzo de 2011: Rebeldes se agachan para protegerse después de que un avión pro-Gadafi bombardeara su posición.
El término "weltschmerz" (“dolor del mundo”) fue popularizado en la literatura romántica alemana del siglo XIX para describir una melancolía profunda ante la imperfección y el sufrimiento del mundo. El concepto, filosófico y afectivo, no tiene que ver necesariamente con un evento concreto, sino con una sensación global de angustia y desgaste existencial. El dolor del mundo de hoy producido por las guerras parece estar más presente y ubicuo. Quizás sea bueno pararse a escucharlo y atenderlo, sin romanticismo ni melancolía, sino con un sentido crítico y en comunidad. La escucha del dolor del mundo actual lleno de sonidos bélicos puede que no sea una simple cuestión estética, sino también o sobre todo una cuestión ética a atender. Cuando la guerra se normaliza, sus sonidos ya no son únicamente espectaculares, sino un ruido de fondo.
Las guerras no se manifiestan solo a través de explosiones, gritos y disparos lejanos, sino que también se infiltran en los sonidos cotidianos que nos rodean, entrando en nuestro paisaje sonoro social y personal y alterando la ecología acústica de los espacios urbanos y de nuestra vida diaria. Los sonidos de las guerras, en plural, ya no se escuchan solo desde lejos, sino que también se encuentran frente a nosotros y entre todos nosotros. El campo de batalla del paisaje sonoro actual no es solo ecológico, sino sobre todo geopolítico e inevitablemente biopolítico.
Cada disparo, cada grito, cada explosión y el zumbido ubicuo de los drones y otros sonidos bélicos se perciben siempre antes de ser interpretados, moldeando tanto nuestra atención como las respuestas de nuestros cuerpos. El concepto de "belliphonic", propuesto por Martin Daughtry, describe precisamente esta acústica específica de la guerra y cómo reorganiza el entorno sonoro, posicionando el oído como un sensor de supervivencia y colocando la escucha inevitablemente en medio del campo de batalla. La guerra también se sufre a través del oído, a través del acto de escuchar en sí mismo, así como a través de todo el cuerpo.
La cuestión que se nos presenta frente a estos sonidos, como a sus imágenes que vemos a diario, nos remite a la misma pregunta ética que ya nos formulaba Susan Sontag en "Regarding the Pain of Others" (2003) en relación a las fotografías bélicas: “¿Qué hacemos frente al dolor de los demás?”. La respuesta no es fácil y posiblemente sea más bien incómoda. Recordemos que cuando vemos el dolor ajeno, como bien apuntaba Sontag, se crea una distancia ética. La imagen nos distancia del objetivo, mientras que cuando escuchamos los sonidos de la guerra esta distancia se reduce: el sonido y el acto de escucha nos incluyen, nos abrazan y nos atraviesan. En la escucha nuestros cuerpos están inmersos en el sonido, resonamos con aquello que suena.
Por ello, el sonido crea sin remedio una inmersión, no sólo del cuerpo, sino también del dolor ajeno. Escuchar el sufrimiento del otro –ese ruido de fondo– es también vivirlo en nuestras carnes porque la escucha no se ubica únicamente en la audición, sino que desborda la percepción auditiva, atravesando nuestros cuerpos y cuestionando el sentido de nuestros juicios, tanto como personas como sociedad. Aquello que dejamos al margen de la escucha, que no de la percepción auditiva, nos traiciona como individuos y como sociedad. Por eso, la pregunta puede que sea esta ahora: ¿Qué significa escuchar el dolor de los demás?.
Si Sontag analiza la política de la representación, Daughtry analiza la política de la percepción sensorial de la audición de los sonidos de la guerra. Puede que su concepto de "belliphonic" nos sirva para pensar precisamente la audibilidad —y también la inaudibilidad— del dolor ajeno dentro del paisaje sonoro bélico. Al "dejar de oír" el conflicto distante, el sujeto deja de reconocer la presencia y el sufrimiento del "Otro". Y es ahí donde se genera una sordera ética, la misma distancia de la que nos hablaba Sontag, donde la supervivencia personal parece requerir de una anulación de la respuesta empática ante el dolor de los otros. Puede que en el acto de escucha se ubique el campo de batalla de la ética. Y puede que la distancia estetice el mundo y el paisaje lo sabe bien. Sin distancia, no hay paisaje, ni belleza.
Quizá sea bueno reducir esa distancia estetizante y escuchar el dolor del mundo en primera persona para no desconectarnos de la realidad. Al tratar el sonido de la violencia como un espectáculo estético, como sucede en las bandas sonoras películas bélicas, en la escucha de estos sonidos espectaculares podemos normalizar la violencia y dejar de ser sensibles ante el daño real y ajeno, lo que compromete nuestro juicio ético. La cuestión aquí es, si en el ámbito de la estética, podemos y debemos escuchar la violencia sonora de la guerra como un espectáculo. Cuando los soldados procesan las explosiones y los disparos, ya no como trauma sino como una descarga de adrenalina o una experiencia estética de lo sublime, están inmersos en una hipermasculinidad eufórica que crea una distancia para la supervivencia y estetiza el mundo sin quererlo, silenciando el dolor ajeno y creando un vacío ético aterrador.
Esta es la cuestión: la estética no puede ser usada para trivializar la violencia, sino puede que tenga la extraña capacidad de pacificar o posibilitar la agencia humana frente a un entorno deshumanizado. La guerra produce eventos sonoros y por lo tanto una condición acústica del mundo que tenemos ante nosotros y entre nosotros, aunque no lo queramos atender ni escuchar. Por eso, quizá sea bueno pararse a escuchar los silencios éticos del mundo.
Para terminar cabe recordar el paisaje sonoro que describe Rachel Carson en "Silent Spring": una primavera silenciosa llena de la ausencia del canto de los pájaros. Nuestro paisaje hoy suena al sonido ubicuo de drones y motores militares que generan una tensión latente que transforma la percepción de lo cotidiano y construye un trasfondo sonoro permanente que indexa un planeta devastado en una crisis del pensamiento ecológico en medio de un aparente Apocalipsis y una Tercera Guerra Mundial en potencia.
Por todo ello, quizá sea bueno permitirse escuchar aquel ruido difuso lejano y de fondo que atraviesa tanto espacios como cuerpos, generando una atmósfera de fricción permanente entre la percepción y la ética. Quizá sea bueno aprender a escuchar aquello que no queremos oír.